Esa noche salí con Z, esta vez a ver Pervertimentos, y otros gestos para nada en el Teatro El Olivar. Ella había ofrecido gentilmente cambiar la apuesta (Z tenía que pintarse las uñas con dibujos de Hello Kitty) por no dejarme ver la puesta de sol en el piso 19 luego de ir al teatro. Al final llegué un poco tarde a recogerla y me obligó a ir al teatro caminando. Fue raro, el camino demostró que tal vez no somos perfectos, pero de una u otra forma nos queremos cerca de todas maneras.
Llegamos lo suficientemente temprano como para besarnos en una banquita de la laguna. Como ya es constumbre le agarré la mano toda la función. Amé el texto inteligente de Pervertimentos y a Laura Aramburú, que es una diosa actuando con su pelo rubio. Al salir ella tenía frío, así que la abracé y decidimos caminar dos cuadras hasta el Don Mamimo de Conquistadores. Fue rara esa comida, yo quería mirarla, y ella no podía mirarme a los ojos. Le pregunté por qué es que ella me adoraba... pero no me quiso responder. Yo estaba contrariado. Por momentos parecía que quería terminar conmigo (nunca han terminado conmigo, pero me imagino que para terminarle a uno deben poner cara de profundo pensamiento) pero yo acercaba mi cara a la suya, le daba un beso y ella se calmaba.
Fuimos a su casa en taxi. Yo moría de ganas de estar a solas con ella, en cualquier lugar, aquí, en el piso 19, o en un cuarto de hotel de mala muerte, me moría de ganas de estar con ella sobre una cama, poder quitarnos la ropa. La sola idea de tener su cuerpo cerca al mío me volvía realmente loco. No sé, tal vez nunca estaré seguro, pero creo que ella también quería lo mismo, aunque nunca sabré el significado de ese "Oh dios, eres un lento" que me susurró al salir del restaurante. En fin, yo simplemente aparento ser el inocente que no soy cuando estoy con ella.
Bajamos en un atiborrado parque Kennedy, cruzamos la calle, saludamos al guardián chismoso y entramos raudos al ascensor. Hicimos el típico cambio al ascensor de servicio en el piso cuatro, y subimos al piso 19. La empecé a besar no bien llegamos, el elevador de servicio es más pequeño, viejo y sucio, pero igual los besos nos hacían olvidar todo. Apoyábamos nuestros cuerpos uno contra el otro. Yo le preguntaba si realmente quería estar acá, llévame a dónde tu quieras, total yo soy completamente tuyo.
Desde el piso 19 podíamos ver los techos de los edificios miraflorinos, los postes de luz amarillos y las circulinas azules de Serenazgo que rodeaban el vecindario. Y si pones atención, a lo lejos se ve una línea negra del océano pacífico. Nos sentamos en la escalera de emergencia que lleva al techo y nos empezamos a besar. Yo trataba de contenerme. Poco a poco íbamos subiendo un escalón, contorneándonos, buscando la manera de que nuestros cuerpos estén más pegados. Su respiración era fuerte, por momentos ella se dejaba llevar. Escalón a escalón, besaba sus labios, su nariz y su cuello, hasta que ella me decía que paremos. Parábamos un momento, aún agarrados de la mano, y nos seguíamos besando. Ella me agarraba el cuello del polo, por momentos incluso parecía que me quería quitar el polo. Pero parábamos, no importa la posición extraña en la que nos encontráramos, simplemente nos calmábamos. Ella me pedía ser el chico bueno y decente que aparento ser. Yo le repliqué que no entiendo porque cuando estoy con ella algo pasa, Z saca lo peor de mi, todos mis pervertimentos.
Ella me llevó a la cima de la escalera. Yo la arrinconé, la comencé a besar, la tocaba por encima de su abrigo negro. ¿Te gusta que sea rápido? Le pregunté al mismo tiempo que le desabotonaba su abrigo, metía mis manos en su blusa, desabotoné su sostén y expuse sus pechos para acelerar mi corazón. Llévame a dónde tu quieras, yo soy tuyo, soy todo tuyo, mi corazón. Ella decía que no haga esas cosas que estábamos en una escalera, nos pueden ver. Yo le dije que no me importaba, que eso lo hacía todo más interesante. Me sacó la polera y el polo, y empezó a tocarme allá abajo sobre mi ropa. Seguíamos parados contra la pared cuando ella comenzó a desabotonarme el jean hasta exponer mi incipiente caminito de vellos al frío miraflorino.
Ella me tocaba la ropa interior, a veces metía la mano debajo de ella. Nos calmamos un rato y nos sentamos un rato a charlar, yo le expuse mi manera de ver las cosas. Tal vez a veces soy un poco inocente, pero así soy. Me preguntó con cuantas chicas había tenido algo, y yo le dije la verdad (me siento muy pavo al escribir esto) que sólo había tenido algo con una a parte de ella. Z se sorprendió, y se animó a decirme que me adoraba porque ve en mis ojos una ternura con la que no puede lidiar. Comenzamos a besarnos otra vez. Me sacó el polo de nuevo, esta vez yo encima de ella. Le desabotoné el saco de nuevo, le besé los pechos de nuevo. Ella volvió a tratar de sacar los otros botones de mi pantalón, así que tuve que desabotonarme yo.
Ella seguía tocando mi pecho, mi abdomen y comenzó a tocarme abajo. Me comenzó a masturbar. Yo me quedé en blanco un poco, sólo quería sacarle la ropa, aquí o en otro lugar, pero ahora. No importaba dónde, pero quería sentir que estaba lo más cerca a ella. Dentro de ella. Ella me decía que vayamos a otro lugar, que acá no podíamos porque todos los vecinos se iban a enterar, pero yo le decía la verdad con mi cara de inocencia. No conozco lugares por acá, no para eso que queremos.
Mientras hablábamos de eso, ella me arrinconó mientras seguía tocándome. Me masturbaba, yo la besaba, cogía sus pechos, ella me decía que le gustaba, yo le conté que hace 5 años yo amaba que me chupara los dedos (mi primera experiencia cuasi-sexual). Ella comenzó a hacerlo, yo le dije que me gustaría, que había fantaseado siempre, que ella me la chupara de la manera que chupa mis dedos. Ella se arrodilló y ella me la chupó. Sentí su lengua en la punta, y se sintió tan rico. Luego apretó mi pene entre sus senos y me masturbó ligeramente con ellos mientras me la chupaba. Yo no pude más y volvimos a besarnos. Volví a estar encima de ella, pasé la lengua en sus pechos, pasaba mis dedos en sus puntas. Comencé a tocarla por encima de su pantalón, aproveché que tenía el cierre bajo y le toqué por encima de su ropa interior, se sentía húmedo. Le quité el botón y comencé a tocarla. Ahí, ahí, me decía Z. Estoy mojada. Yo le decía que quería estar dentro de ella. Le baje el pantalón y le presioné mi pene erecto sobre los encajes de su ropa interior, no podía más, se la saqué, ella comenzó a decirme un no bajito. Yo la besaba al mismo tiempo que trataba penetrarla. Ella dijo que no, que no acá, ponte el polo. Yo no sabía que hacer. No tenía frío, estaba pegado a su cuerpo robando todo el calor que podía. Yo te deseo demasiado, le digo. Perdóname, puse mi cara sobre su mano y le dije que iba a respetar sus decisiones.
Sabado 13 de octubre
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